
¡¡¡ Adios, Beatriz Fonseca !!!
La llegada de una hija a un hogar es algo maravilloso.
Y las niñas son motivo de alegría.
Escuchar sus primeras palabras…, ver cómo crecen sus hermosos cabellos ensortijados adornándoles las caritas…. Reír con sus travesuras de bebé…. Ayudarles a dar sus primeros pasos…. Sentir las ganas de “Comérselas a besos” cuando balbucean sus primeras palabritas divinas…. Todo es motivo de felicidad, risas de ambos padres y alegría permanente.
Así se aprecia en la fotografía de la niña Gilma Beatriz Fonseca en los brazos de su madre, Blanca María Navarrete Gómez, cuando cumplió un año de edad.
Observar con detenimiento el bello rostro de la madre, evoca sentimientos de ternura al recordar cómo era ella cuando tenía 25 años y comenzaba una vida matrimonial llena de ilusiones.
Las niñas, al igual que los niños, llenan de felicidad nuestras vidas y al mismo tiempo esperan recibir de nosotros amor, ternura, comprensión y guía para superar los obstáculos que surgen en la vida.
Pero a medida que iba creciendo, Gilma Beatriz comprendió que le había tocado una existencia muy difícil y peligrosa: vivir en un barrio que tenía un ambiente insalubre y brutal, en medio de hombres borrachos, incultos y vulgares, no porque su padre hubiera escogido ese lugar a propósito, sino porque ese fue el sector de Bogotá (Colombia), en el que desafortunadamente se vio obligado a ubicarse por su situación económica, en los lejanos años 30 del Siglo XX. No tenía alternativas.
Virtudes y sufrimientos de la mujer colombiana
El homenaje que hago hoy a la memoria de Gilma Beatriz Fonseca Navarrete, con motivo de su sensible desaparición el 19 de Agosto de 2025, tiene como objetivo primordial exaltar el valor…, la nobleza…, la fortaleza…, la capacidad de resistencia ante el dolor y la admirable resiliencia de la mujer colombiana.
El relato, además, tiene el propósito de demostrarle al mundo que la sociedad colombiana de la primera mitad del Siglo XX, fue forjada por una serie de heroínas anónimas que, en su mayoría, practicaron la sumisión total ante sus maridos, para lograr la supervivencia digna de sus numerosas hijas e hijos, sacrificando la de ellas mismas.
Las historias de vida que le fueron dando forma a este homenaje póstumo, se basan en los relatos que desde los años 70 del Siglo XX fui acumulando durante reuniones con mi madre María del Carmen Navarrete Gómez, su hermana Blanca María y la misma Gilma Beatriz Fonseca. Y precisamente fueron ellas, además de Rosalba Fonseca, quienes aportaron las fotografías que acompañan estos artículos.
Los acontecimientos que conocí durante mi niñez y adolescencia en mi entorno familiar y posteriormente como Reportero Judicial del diario EL ESPECTADOR, de Bogotá (Colombia), a diferentes niveles sociales, forjaron en mi espíritu la necesidad de contribuir a que la sociedad reconozca que la mujer siempre ha sido, es y será, el ser más bello de la Humanidad y, por lo tanto, digno de toda clase de homenajes, por el dolor que representa –para la casi totalidad de ellas–, el tener que soportar en silencio sufrimientos y penalidades intrafamiliares, durante el proceso de ser esposa y madre sin derecho a una vida digna.
Gilma Beatriz fue la primogénita de la unión marital de Luis Alberto Fonseca Camargo y Blanca María Navarrete Gómez: Nació en Bogotá el 4 de Diciembre de 1938, dos años antes de que la pareja formalizara su unión ante la Iglesia Católica. Los abuelos paternos fueron Jesús Fonseca Amézquita y Rita Camargo de Fonseca. Los abuelos maternos fueron Magdalena Gómez Garzón y Juan Nepomuceno Navarrete Gutiérrez.
La niña fue bautizada un año después, el Domingo 3 de Diciembre de 1939, por el Padre Víctor Manuel Peña, Párroco de la “Iglesia de San Diego”, en el centro de Bogotá y fueron sus padrinos la señorita Omaís Villamizar y su hermano Hernando.
En esa oportunidad se produjo un detalle simbólico desde el punto de vista religioso: Los padres de Gilma Beatriz suscribieron un documento que decía: “Dios guarde a nuestra primogénita Betty muchos años, para honra y gloria de Él y beneficio de sus padres. (Firmado: Luis Fonseca y Blanca M. Navarrete).
Luís Alberto Fonseca, un Personaje boyacense fascinante
Luis Alberto, como jefe del hogar, dejó una huella inolvidable en quienes lo conocimos y tratamos durante más de 50 años, a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX, en Bogotá (Colombia), Suramérica.
Su vida estuvo rodeada de contrastes que le dieron a su existencia un atractivo novelesco, por lo cual le dediqué tres artículos en esta Página Web, que hasta finales de Noviembre de 2025 habían sido leídos por 19.735 personas en diferentes países, según las mediciones de César Erley Hoyos Gaitán, el Editor de la página en Canadá.
De hijo de un militar de carácter violento y explosivo, Luís Alberto Fonseca resultó convertido en un poeta enamorado en su juventud.
Al pasar de la adolescencia a la madurez, permaneció 6 años formándose al lado de Padres Jesuitas mientras trabajaba en la construcción del “Colegio Nacional de San Bartolomé La Merced” –ubicado a corta distancia del Parque Nacional de Bogotá–, y a los 22 años de edad se convirtió en un acólito que acompañaba a los sacerdotes en el oficio de la Santa Misa en el “Colegio Mayor de San Bartolomé”, frente al Capitolio Nacional, en el centro de Bogotá.
Lo más interesante de esa época es que en la casa del lugar donde vivía con su esposa e hijos, Luís Alberto captaba la atención de obreros y campesinos por oficiar misa en Latín. Los días Domingo por la mañana, los vecinos de la cuadra se detenían con curiosidad por unos instantes frente a la ventana de los Fonseca para escuchar expresiones religiosas que solamente se oían en las iglesias.
Por último, al llegar a la edad de la adultez se convirtió en un hombre de una musculatura impresionante y una fuerza descomunal, como resultado de trabajar forjando a golpes de martillos de gran tamaño, varios de los puentes de hierro que se construyeron en el Siglo XX para ser instalados sobre los ríos de Colombia.
Esos puentes han sido vitales para el desarrollo del país, pero nadie sabe que su fortaleza estructural se debió al trabajo esforzado de un hombre modesto, quien con su formidable capacidad de trabajo dejó una huella inédita en la historia de la nación: Luís Alberto Fonseca Camargo.
Sin embargo, los esfuerzos de Luís Alberto por superarse en la vida se vieron truncados por un salario paupérrimo, la llegada de 10 hijos a los cuales había que mantener y el mal ejemplo que recibía de hombres de carácter violento, a quienes asombraba al contarles historias relacionadas con la Campaña de la Independencia promovida por Simón Bolívar y a quienes también deleitaba cantando música colombiana en bares y cantinas de uno de los sectores más peligrosos de comienzos del Siglo XX: el barrio “Unión Obrera”, ubicado en las laderas de una montaña y habitado por familias pobres que habían llegado a Bogotá huyendo de la violencia política que diariamente dejaba decenas de muertos en el interior del país, como sigue ocurriendo hoy, cien años después.
Uno de los aspectos positivos que le quedaron a Luís Alberto de esa vida de farra y diversión, fue el de usar su potente voz para llevarle a los colombianos un amplio repertorio de canciones en las cuales se exaltaban los valores patrios y la figura femenina, a través de las ondas de una emisora de Bogotá.
La fascinante vida de este singular personaje boyacense ha quedado ilustrada con fotografías y documentos, en 3 artículos que se pueden leer en esta Página Web, titulados “Luís Alberto Fonseca, el Poeta enamorado”, “El obrero de la Misa en Latín” y “Lo que perdieron los Fonseca”.

Blanca María Navarrete, del colegio a Madre de 10 hijos
Blanca María Navarrete Gómez, por su parte, pasó de ser la niña consentida por sus padres y la única de la familia que recibió educación primaria en un colegio privado de Bogotá, a convertirse de un momento a otro en madre continuamente y vivir en un ambiente que no le permitió salir de la pobreza.
Las primeras consecuencias de esa situación las vivieron en carne propia Luis Alberto, Blanca María y Gilma Beatriz.
Hoy, cuando lamentamos la partida de Betty de este mundo, cobran actualidad los recuerdos que me compartió sobre su vida en la Tierra a lo largo del tiempo.
Su infancia y después su niñez, se desarrollaron en una época dolorosa y triste:
“Cuando yo era niña, mi mamita me contaba que poco tiempo después de haber nacido, mi abuelita Magdalena Gómez no disponía de espacio para nosotros y mi papá nos llevó a vivir en un sitio horrible, una casa en obra negra situada en la calle 32 con carrera 3ª, en el barrio “Unión Obrera”.
“Fue el lugar más feo en el cual tuve que pasar mi niñez: húmedo y con una iluminación muy baja. Varios años después, cuando ya la abuelita había construido una pieza para ella, en el segundo piso, nos pasamos a vivir en su casa.
“Y como nuestra familia era la más pobre no nos invitaban a ninguna parte. Solamente el tío Benjamín y su esposa Aleja, bajaban a la casa de la Carrera 2ª A No. 32-17, porque ellos vivían en la carrera primera, que hoy es la Avenida Circunvalar. Además, a los trece años yo era una niña muy flaca y escuálida. Casi no tenía ropa que ponerme”.
La prueba gráfica de esa época difícil de Luís Alberto, Blanca María y su hija, se puede ver en el artículo “El obrero de la Misa en Latín”, cuando los tres vivían en un sector de viviendas construidas con madera, láminas de zinc y rocas. En ese tiempo el barrio había cambiado de nombre y se llamaba “La Perseverancia”, no tenía vías pavimentadas y Blanca María caminaba por sobre piedras, haciendo maromas para que no se le rompieran los tacones de los zapatos.
El comentario de Beatriz me hizo recordar los datos y fechas que mi propia tía Blanca me había aportado varios años antes, cuando la visitaba en su hogar del “Barrio Tunjuelito”, en el Sur de Bogotá, como lo explico más adelante.
Las observaciones de madre e hija me permiten hoy llegar a la conclusión de que la pobreza de la familia se agravó cuando los embarazos de Blanca María se produjeron uno tras otro, durante 17 años, mientras los incrementos del sueldo de Luís Alberto Fonseca eran superados cada año por el alza de los precios de los alimentos, los transportes, los pañales, los trajecitos y los zapaticos para las niñas y los niños que iban creciendo rápidamente, además de la compra de algunos uniformes escolares y otros gastos semanales necesarios para mantener una familia que no paraba de crecer.
La evidencia de estas conclusiones me la suministró el mismo Luís Alberto, en un documento de su puño y letra que dice textualmente:
“HB Estructuras Metálicas Ltda. me liquidó el auxilio de cesantía el día 19 de Abril de 1950, desde el 8 de Julio de 1946 hasta el 31 de Mayo de 1950. Esta liquidación arrojó un total de $809,60, ochocientos nueve pesos con sesenta centavos, de los cuales recibí $764,65 por valor de un lote que compré en Tunjuelito y los gastos de escritura. Por lo tanto, me queda un saldo a mi favor en HB Estructuras Metálicas Ltda. de $44,94, para una próxima liquidación”.
Después de analizar los datos relacionados con la precariedad económica en que vivía la familia al finalizar la década de los años 30 del Siglo XX, utilicé las fechas de nacimiento de los 10 hijos de mi tía, para calcular cómo unos embarazos tan frecuentes hicieron que ella se viera obligada a dedicar los años más valiosos de su juventud al cuidado exclusivo de bebés, y simultáneamente tuviera que dedicar la mayor parte de su tiempo a atender una familia de 12 personas, con la ayuda de su hija mayor:
1) Gilma Beatriz, nacida en 1938 12 04, la tuvo a los 24 años. La niña había nacido un Domingo a las 8 de la noche y fue bautizada también un Domingo, el 3 de Diciembre de 1939, en la “Iglesia de San Diego”, por el Párroco Víctor Manuel Peña. Sus padrinos fueron la señorita Omaís Villamizar y su hermano Hernando.
2) Graciela, nacida en 1940 11 23, la tuvo a los 26 años. Nació un Sábado a las 10 y media de la mañana y fue bautizada el Viernes 3 de Octubre de 1941 en la “Iglesia de Jesucristo Obrero”, del “Barrio La Perseverancia” a la 1.20 de la tarde. Fueron sus padrinos Julio N. y Mercedes Ramírez. La niña murió 20 días después de la ceremonia religiosa, el 23 de Octubre de 1941.
3) Alfredo, nacido en 1942 07 16, lo tuvo a los 28 años. Nació un Jueves a las 3 de la madrugada y fue bautizado el 23 de Agosto de 1942 en la Iglesia “Jesucristo Obrero” del “Barrio La Perseverancia” a las 6 de la mañana, por el Padre Joaquín Luna Serrano. Sus padrinos fueron el doctor Alfredo Escobar Herrera y su esposa Cecilia Fonseca.
4) Luis Armando, nacido en 1945 05 10, lo tuvo a los 31 años. Fue bautizado el 26 de Junio de 1945 en la Iglesia del “Barrio Ricaurte”. Sus padrinos fueron Santos Galeano y su hermana Marta Aurora. La Familia Galeano era propietaria de la “Fábrica de Café Colón”, que funcionaba desde 1929 en el “Barrio Ricaurte”, de Bogotá, y allí trabajaba mi madre empacando “Cartuchos de Café” cuando yo nací. La historia de los Galeano –ilustrada con fotografías–, se puede ver en la “Biografía de Carmen Navarrete”, en esta Página Web. El niño Luís Armando falleció un año después, en Mayo de 1946, por causas que explico más adelante.
5) Alberto, nacido en 1947 11 05, lo tuvo a los 33 años.
6) Gustavo, nacido en 1947 11 05, lo tuvo a los 33 años.
Los niños nacieron a las 12 del día y fueron bautizados el 14 de Marzo de 1948 –cuatro meses después–, en la “Iglesia de San Diego” por el Presbítero Simón Peña, donde los padrinos fueron dos parientes del Ministro de Justicia de la época, como lo explico más adelante. Por el niño Alberto la señorita Cecilia Montalvo Higuera y su novio Luís Carlos Vargas. Por el niño Gustavo el señor Ignacio Montalvo y su novia, la señorita Josefina Damies, como lo certificó el actual Párroco de San Diego, Presbítero Pablo E. Pinzón Pérez.
7) María Magdalena, nacida en 1950 02 23, la tuvo a los 36 años. Nació a las 10 de la noche y fue bautizada en la “Iglesia de Jesucristo Obrero”, en el “Barrio La Perseverancia”. Sus padrinos fueron Rubén Espinel y Leonor de Espinel.
8) Alfonso, nacido en 1951 09 27, lo tuvo a los 37 años. Nació a las once de la mañana. Fue bautizado en la “Parroquia de Jesucristo Obrero” y como padrinos actuaron Jorge Vélez y Cecilia Fonseca de Vélez.
9) Rosalba, nacida en 1953 07 11, la tuvo a los 39 años. Fue bautizada el 23 de Octubre de 1954 en la “Parroquia de Jesucristo Obrero” y fueron sus padrinos Francisco Pulgarín y Celia Morales C., los Linotipistas más importantes de Colombia en los años 50 del Siglo XX, por la experiencia y el tiempo que llevaban dedicados a ese oficio en el periódico EL ESPECTADOR, en Medellín y Bogotá.
10) Ricardo, nacido en 1955 12 10, lo tuvo a los 41 años. Fue bautizado un año después, el primero de Diciembre de 1956, en la “Parroquia de la Sagrada Pasión de Bogotá”, por el Padre Cesáreo Sagarduí. Sus padrinos fueron Julio Enrique Zambrano y Mercedes Ramírez de Zambrano.
Estas fechas demuestran que al cumplir la tía Blanca 41 años de edad no estaba en capacidad de trabajar, por tener que dedicar aproximadamente de 18 a 20 horas del día a atender a los 8 hijos sobrevivientes.
Por otra parte, es necesario tener en cuenta que, además de la atención que le exigía el esposo diariamente para lavar y planchar la ropa de trabajo, las labores domésticas se le aumentaron a Blanca María de manera extraordinaria durante los siguientes quince años, en la medida en que las niñas y niños iban creciendo y ella no solo debía comprar una mayor cantidad de alimentos, sino también ropa, zapatos, trajes para la cumplir con la tradición religiosa de la Primera Comunión, uniformes escolares, cuadernos y demás útiles de estudio.
Para atender lo relacionado con las tareas que les imponían diariamente a los pequeños en las escuelas, Blanca María contaba, afortunadamente, con la ayuda de los mayores, Gilma Beatriz y Alfredo. Varios años después Alberto y Gustavo le dedicaron a su hermanito Alfonso dos años, para que aprendiera los temas religiosos para el día de su Primera Comunión.
Esto quiere decir que cuando Ricardo Fonseca –el último de los diez hijos–, llegó a la mayoría de edad en 1973, a los 18 años, la tía Blanca tenía ya 59 años y por lo tanto sus posibilidades de trabajar para contribuir a sostener el hogar, habían desaparecido hacía mucho tiempo.
No obstante, a pesar de verse obligada a soportar las dificultades económicas del hogar, la joven Blanca María afrontó las dificultades de la vida diaria con paciencia y abnegación, de la misma forma como lo había hecho su madre Magdalena Gómez Garzón con ella, en los años 30 del Siglo XX.
El dominio de esa fortaleza de carácter para superar las adversidades, la demostró Blanca María en 1942, cuando le fue tomada la fotografía con la cual inicié esta parte del artículo, en los cerros de Bogotá, en compañía de la niña Gilma Beatriz, a quien vistió con una faldita de cuadros y le colocó un gran “moñete” en la cabeza. Al ver la imagen nadie se imagina las situaciones difíciles que vivían en esa época Blanca y Betty, por las condiciones económicas del hogar.

Gilma Beatriz Fonseca Navarrete a la edad de 8 años de edad y su hermano Alfredo de 4. En ese tiempo las madres acostumbraban hacerle “cachumbos” a los niños en el cabello y colocarle “moñetes” a las niñas.
De las situaciones que vivió en esa época, Betty comentaba:
“A mediados de 1946, cuando yo tenía 8 años de edad, a todos los niños de la casa les dio sarampión, viruela y tos ferina por una epidemia adquirida cuando mi mamá llevo al pequeño Luis Armando –a quien ella llamaba “Mi negrito”– a un Centro de Salud para que lo revisaran. Si lo encontraban sano le daban gratuitamente leche de una organización llamada CARE. Pero en ese lugar había varios niños enfermos, Luis Armando adquirió un virus y murió en Mayo de ese año”.
Los demás hijos de Blanca y sus hermanas Carmen y Helena, sobrevivieron porque los hicieron atender oportunamente por médicos de una Sala Cuna que en esa época funcionaba en la carrera 5ª con calle 34.
A esa Sala Cuna me llevaban a mí en 1946, a la edad de 3 años de Lunes a Viernes.
Y en los Sábados y Domingos mi madre me llevaba a su trabajo en el periódico EL ESPECTADOR y me dejaba sentado en una gran caja de madera, entre lingotes de plomo, como lo explico en mi Biografía en esta Página Web, ilustrada con fotos de la Sección de Armada donde estaba ubicado ese lugar.
En la Sala Cuna, Betty ayudaba a revolver la leche en polvo que donaba la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (AID) a través del Programa que administraba la institución denominada Corporación Americana de Reembolsos al Exterior (CARE). La función de estas instituciones la entendí años después, cuando ingresé al Departamento de Estado de los Estados Unidos, precisamente porque en mi infancia fui criado con leche de la AID.
Regresando a la historia contada por Gilma Beatriz Fonseca, ella explicó que en la Sala Cuna le daban botella y media de leche en polvo para todos los pequeños de la casa –que llegamos a ser diecisiete–, la revolvía y la echaba en una olla que cargaba desde ahí, hasta la vivienda ubicada a varias cuadras de distancia.
De esa época lejana Betty recordó otro detalle impresionante: A los ocho años de edad acompañaba a su abuelita Magdalena Gómez Garzón a comprar los alimentos para la familia en la “Plaza de La Perseverancia”. Y tenía que regresar desde la calle 30 con carrera quinta hasta la carrera 2ª A con calle 32 –cinco cuadras en total–, arrastrando por las calles un bulto que pesaba casi media arroba de papas. Los habitantes del lugar la miraban, pero nadie la ayudaba. Estos y otros problemas endurecieron su carácter en la adultez.
“Me tocaba ir a estudiar con la ropa rota”
Un año antes, en 1945, cuando tenía 7 años de edad, Gilma Beatriz comenzó a estudiar en una escuelita que quedaba en la calle 33, abajo de la carrera 5ª. Allí cursó el primero de primaria, pero no pudo terminarlo porque como su padre ganaba muy poco y todo el dinero se iba en alimentos y transportes, a ella no se le podía comprar ropa ni zapatos para ir al plantel. “Yo tenía que ir con la ropa rota porque no tenía otra”, decía.
Afortunadamente a media cuadra de donde Beatriz estudiaba, funcionaba un taller de costura adonde Ana Lilia Gutiérrez Navarrete –hija de su tía María Ester–, iba a trabajar en esa época.
Las dos se encontraron, hicieron amistad y poco después Betty recibió ropa usada de sus primas Lilia y Elvira Gutiérrez, con la cual pudo regresar a la escuela para repetir el primer año de primaria. En ese lugar aprendió a coser prendas de vestir, al lado de mujeres embarazadas.
Mientras tanto, la abuelita Magdalena Gómez Garzón le dijo a su hija Blanca que Betty debía seguir estudiando y le dio algunos centavos ahorrados para que la niña continuara la primaria. En 1948, a los 10 años de edad, la matricularon en una escuelita que funcionaba a media cuadra de la casa de su tío Israel Navarrete –en el “Barrio La Macarena”– y allí pudo hacer el tercer año de educación básica.
En la actualidad el “Barrio La Macarena” se ha convertido en un importante centro gastronómico de Bogotá, y en varios de los congestionados restaurantes del lugar nos reunimos los fines de semana para recordar las épocas relatadas en las Biografías Familiares que aparecen en esta Página Web.
Al final, cuando Gilma Beatriz recibió el certificado que la autorizaba para pasar al cuarto año de primaria, no pudo seguir estudiando por tener que dedicarse a colaborarle a su mamá lavando los pañales de sus hermanitos, comprando alimentos en las tiendas del barrio, pelando papas, cortando cebollas, cocinando arroz y vegetales, lavando platos y sirviendo los desayunos, los almuerzos y en las noches ayudando a Blanca María a repartir los platos con comida a los niñitos que esperábamos con ansiedad sentados en los peldaños de una escalera.
En la práctica era una niña de diez añitos dedicada a atender bebés a toda hora y a absorber humo negro en la estufa del rancho, que funcionaba con madera quemada y que estaba ubicada en el fondo de un rincón oscuro, entre el primero y el segundo piso de un lugar improvisado como vivienda para tres familias que se apretujaban en tres habitaciones de pequeñas dimensiones.
En dos de esas piezas solo había espacio para dos camas sencillas. El tercer cuarto había sido construido en un segundo piso separado del primero por una baranda de madera pintada de verde, desde cuya altura se veía el interior de la letrina sin techo, que se utilizaba como sanitario por los ocupantes de la casa.
Desde esa altura también se veía una roca plana de gran tamaño, colocada al lado de una antigua alberca que se usaba para lavar la ropa y se podían escuchar las conversaciones de los vecinos de la casa de al lado, porque los veíamos reunirse en la cocina y moverse de un lado para otro, en el interior de esa vivienda.
La magia de juegos infantiles en grupo, hace 80 años
Evocar la niñez de Gilma Beatriz Fonseca, me lleva inevitablemente a recordar la magia… la belleza de juegos infantiles en grupo, con mis dieciséis primas y primos, hace ya lejanos ochenta años, cuando todos desbordábamos energía, corríamos de un lado para otro dentro de la estrecha casa de habitación o en la calle y reíamos por cualquier cosa, durante la mayor parte del día.
Es entonces cuando vienen a mi mente las figuras maravillosas de cinco mujeres, a quienes siempre rendiré homenaje de admiración porque representan la belleza, la sencillez, la decencia, la valentía, el coraje y la resiliencia de la mujer colombiana dedicada a atender con amor a sus esposos y a sus hijas e hijos, sin nunca esperar nada a cambio.
Esas heroínas anónimas fueron Magdalena Gómez Garzón, esposa de Juan Nepomuceno Navarrete Gutiérrez; Blanca María Navarrete Gómez, esposa de Luís Alberto Fonseca Camargo; María Helena Navarrete Gómez, esposa de Jesús María Ramírez Pachón; María del Carmen Navarrete Gómez, quien decidió ser madre soltera siempre, y Gilma Beatriz Fonseca Navarrete, quien prácticamente fue “mi segunda mamá”, encargada de atenderme, en ausencia de mi madre biológica, porque ella trabajó toda su vida sin descanso, para ayudar a sus hermanas y mantenernos ella y yo.
Por el lado de mi tía Blanca María, recuerdo con amor de hermano a mis ocho primas y primos Gilma Beatriz, Alfredo, Gustavo, Alberto, María Magdalena, Alfonso, Rosalba y Ricardo.
Y por el lado de mi tía María Helena, recuerdo con gran cariño a mis ocho primas y primos Guillermo Alfredo, Luís Álvaro, Rafael Alberto, María Esther, Juan de Jesús, Fernando Antonio, Cecilia y Pedro Ernesto.
Fueron años maravillosos los que viví con todos ellos durante mi niñez:
Por el zaguán de entrada de la casa, que tendría unos cuatro metros de largo por uno y medio metros de ancho, las primas y primos salíamos a cada rato a la calle para envolver trompos y hacerlos bailar en el piso jalándolos de una pita en medio de la gritería de niñas y niños, así como para hacerle coro de voces a Guillermo, Álvaro, Alfredo y Rafael, cuando competían jugando “Yoyo”…, con “cocas” de madera…, saltando lazo…, o simplemente jugando con pequeñas bolas de vidrio arrodillados en la mitad de la calle, cuando no descendían carros por la vía.
Hoy recuerdo con nostalgia el juego de “La Gata Golosa”, cuando las niñas y niños de la cuadra se reunían para dibujar con tiza el pavimento de la Calle 32. En ese lugar formaban una especie de tablero con cuadros, arrojaban una pequeña piedra hacia el frente del dibujo y luego saltaban de cuadro en cuadro para ir a recogerla agachados, en medio de la algarabía infantil.
Y como ocurría en todos los barrios del país, los niños derrochábamos energía jugando fútbol durante horas en la calle, con una pelota de trapo que a cada rato iba a parar a una de las tiendas del lugar, en medio de los gritos y las risas de chicos y grandes, cuando alguien “metía un gol”.
La gritería que armábamos los niños atraía a otros primos, los Gutiérrez – Navarrete, que vivían a media cuadra de distancia, al otro lado de la Calle 32, hacia el Sur. Se trataba de las hijas e hijos de los tíos José Ignacio Gutiérrez y su esposa María Ester Navarrete. Nuestros primos acompañaban los “partidos de fútbol” con aplausos cuando veían el fervor deportivo de los niños que corríamos tras la pelota de trapo.
Al final de la tarde, sudorosos, emocionados, con hambre, pero alegres, todos regresábamos a la modesta vivienda de dos pisos que se comunicaban a través de una escalera estrecha, construida con trozos gruesos de madera pintados de negro, por donde los niños subíamos y bajábamos jugando a las escondidas durante el día y de noche los pequeños nos sentábamos de dos en dos en cada peldaño para recibir el plato de comida, situación que aprovechaban los grandes para asustarnos susurrando con voz lúgubre desde la oscuridad del segundo piso: “ ¡¡¡ Buuu !!!… Ahí viene el coco y se los va a llevar”.
Estos y otros detalles vividos en los años 40 del Siglo XX por los diecisiete niños y niñas que nos aglomerábamos en la estrecha casa del “Barrio La Perseverancia”, quedaron reseñados e ilustrados con hermosas fotografías de las esposas, hijas, hijos, nietas, nietos, sobrinas y sobrinos de Luís Álvaro y Rafael Alberto Ramírez, en los homenajes póstumos que les rendí en esta Página Web a mis queridos primos el 11, 20 y 28 de Mayo de 2021. Estos homenajes cumplen sus primeros cinco años, en 2026.
Y precisamente el 8 de Enero de 2026 se cumplen 9 años de la histórica reunión celebrada con los descendientes de Álvaro y Rafael Ramírez, en el “Centro Comercial Gran Estación”, de Bogotá (Colombia). Hoy, cuando veo de nuevo los rostros de esas bellas fotos, termino con los ojos húmedos por la ternura que me inspiran los recuerdos familiares.
A finales de Noviembre de 2025 esos textos, escritos con el cariño y la admiración que siempre he sentido hacia los integrantes de las Familias Fonseca y Ramírez, registraban la visita de 19.726 personas de diferentes países, para leer nuestras aventuras infantiles.
Al reflexionar sobre estas travesuras de niñas y niños, creo que la energía que emergía de nuestros pequeños cuerpos a toda hora –por el esfuerzo físico que derrochábamos durante todos los días del año–, no solo nos permitió crecer físicamente, sino también mentalmente, sin la tristeza, depresión y aislamiento en solitario, que observo hoy en la juventud contemporánea.

En la Colombia de mediados del Siglo XX, el profundo respeto de las familias por la religión católica y las tradiciones populares heredadas de la conquista española, hacían que aún los más pobres invirtieran todos sus ahorros para que ceremonias como la Primera Comunión fueran celebradas por los niños con trajes nuevos, libros con hojas brillantes y guantes blancos. La foto corresponde al día de la Primera Comunión de un grupo de niños del “Barrio La Perseverancia”, entre quienes se encontraban Gilma Beatriz Fonseca Navarrete, de 12 años y su hermano Alfredo de 8.

Una niña de 8 años se convierte en “Mamá” de 4 niños
La niñez de Gilma Beatriz Fonseca es similar a la de millones de niñas que en los países en desarrollo son las mayores, en hogares con bastantes hijos.
A los 6 años de edad, cuando vio que su mamita no podía con todos los quehaceres del hogar, comenzó ayudándole a asear a su hermanito Alfredo, de 2 años y a mí, de un año.
La forma como lo hacía era muy graciosa, según me lo reveló en los años 70: Nos retiraba los pañales, nos ponía de pie en la parte plana de una roca de gran tamaño que habían colocado junto a la alberca de la casa y nos lavaba con agua fría, jabón y una escoba. Después nos colocaba otros pañales, nos preparaba teteros, nos alimentaba y se dedicaba a cuidarnos.
A partir de 1947, a los ocho años, se convirtió prácticamente en “Mamá” de 4 niños, al nacer sus hermanitos Alberto y Gustavo. Poco después el trabajo se le incrementó con la llegada de dos hermanitos más: María Magdalena y Alfonso.
Esta situación la hizo reflexionar sobre el hecho de que la mayor parte de su tiempo se le iba en atender a seis niños pequeños, –uno detrás de otro–, mientras no podía hacer nada por ella misma.
A partir de ese instante decidió que “no estaba dispuesta a quedarme toda la vida cuidando chiquitos. Tenía que hacer algo para mejorar mi estilo de vida… y tenía que ser pronto”. Sin embargo, continuó ayudando a su mamita a cuidar más niños y a ayudar en los quehaceres del hogar, sin quejarse nunca.
A los trece años de edad comenzó a preguntar a las personas que le vendían los alimentos en las tiendas del barrio, cómo podría hacer para conseguir un trabajo. Además, después de la misa en la “Iglesia de Jesucristo Obrero”, le consultó al párroco de la época.
Un día alguien le dijo que en un almacén llamado “TIA”, que quedaba en el centro de Bogotá, podría conseguir empleo porque aceptaban niñas que estuvieran dispuestas a trabajar, sin necesidad de demostrar experiencia laboral. Y efectivamente, al presentarse en el lugar, la contrataron mediante jornadas de medio tiempo. Este sistema de contratación le gustó porque le permitía seguir ayudando a su mamá en el hogar y cuidando a sus hermanitos.
Precisamente una de las fotografías captadas en Agosto de 1951 por su prima Ana Lilia Gutiérrez Navarrete en “La Planada”, un lugar ubicado a corta distancia del Río Arzobispo –en la parte alta del Parque Nacional de Bogotá–, muestra, de izquierda a derecha, a Elvira Gutiérrez con la niña Cecilia Ramírez Navarrete, de un año de edad, mientras Gilma Beatriz, de 13 años, sostiene en sus brazos a su hermanita María Magdalena, de año y medio de edad.

Al referirse a los problemas que afrontó en su niñez, Gilma Beatriz Fonseca se quejaba de que, a los trece años de edad, “Yo era muy flaca y escuálida”. Y lo hacía mostrando esta fotografía, en la cual aparece en el Parque Nacional de Bogotá con su hermano Alfonso en brazos, cuando el niño tenía un año.

Parientes de un Ministro, padrinos de los gemelos
El 5 de Noviembre de 1947, nacieron los gemelos Alberto y Gustavo.
Cuando llegó el momento del bautizo, cuatro meses después de haber nacido, los padrinos fueron dos parientes del Ministro de Justicia de la época, Juan José Antonio Montalvo Berbeo: La señorita Cecilia Montalvo Higuera con su novio Luís Carlos Vargas, por el niño Alberto Fonseca. Y el joven Ignacio Montalvo y su novia, la señorita Josefina Damies, por el niño Gustavo Fonseca.
Una situación interesante, tratándose de una familia pobre, que no tenía acceso a funcionarios de altos niveles gubernamentales.
La designación de los padrinos de bautismo de Alberto y Gustavo, por parte de quien 15 años más tarde sería nombrado Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente Interino de Colombia, José Antonio Montalvo, me la reveló mi madre María del Carmen Navarrete en los años 70 del Siglo XX, cuando comencé a reunir datos sobre la familia.
Poco tiempo después mi tía Blanca María y la propia Alejandrina Cuervo me explicaron que quien había sido escogido como Padrino de Bautizo de los niños era el Ministro Montalvo, pero sus actividades políticas y gubernamentales se lo impidieron.
La situación fue la siguiente:
La madre de los gemelos, Blanca María, tomaba clases de tejido con su hija de 9 años Gilma Beatriz, en el “Centro Cultural del Partido Conservador”, ubicado en la calle 20 con carrera 5ª de Bogotá, donde hoy funciona la Universidad Central.
En ese lugar adelantaba actividades políticas la señora Alejandrina Cuervo Benavides, esposa de Arquímedes Benjamín Fonseca Camargo –hermano de Luís Alberto– y durante una conferencia del Ministro Montalvo en el Centro Cultural, Alejandrina lo invitó a servir de padrino de los niños. El funcionario agradeció la gentileza, pero explicó que, por sus ocupaciones, no le era fácil atender la invitación. Sin embargo, le dijo a Aleja que dos de sus familiares irían al acto religioso en su representación, como en efecto ocurrió.
Pocas semanas después del bautizo, Luís Alberto Fonseca recibió un doble auxilio en la empresa donde trabajaba, dinero que sirvió para atender los gastos del hogar.
Por otra parte, la fotografía muestra el exterior de la casa donde vivieron la infancia y parte de su juventud los diecisiete niños Fonseca, Ramírez y Navarrete, en la carrera 2ª A No. 32-17 del barrio “La Perseverancia”.
En esa gráfica aparecen Gilma Beatriz a la edad de 14 años y sus hermanos Alfredo de 9 y los gemelos Gustavo y Alberto de 5 años, vestidos con los “pantalones bombachos”, que se les ponían a los niños en los años 50 del Siglo XX.
Los vestidos de Alberto y Gustavo eran de satín rosado y el que lleva Alfredo es el de la primera comunión, comprado por su abuelita Magdalena Gómez Garzón. El niño Alberto, quien aparece en primer plano a la derecha, muestra la sonrisa que lo ha acompañado toda la vida, mientras su hermano Gustavo, al lado izquierdo, aparece con el rostro serio que siempre lo caracterizó.
Ante la ventana donde aparecen los 4 niños era donde las gentes se detenían por un instante los días Domingo en la mañana, para escuchar a Luis Alberto Fonseca oficiando la Santa Misa en latín, lo cual era bastante extraño en una comunidad de obreros y amas de casa, como la que residía en ese sector de Bogotá.

De un día para otro, Luís Alberto Fonseca descubrió que su hija mayor, Gilma Beatriz, ya no era la niña pequeña y mal vestidita de su infancia, sino que ya comenzaba a convertirse en una joven bonita, que llamaba la atención de los hombres del barrio donde vivía la familia.
Una evidencia de lo anterior se tuvo en 1953, cuando Gilma Beatriz Fonseca llegó a los quince años de edad. En esa oportunidad la niña aparece con sus hermanos Alfonso, de 2 años y Magdalena de 4, durante un paseo a la “Ciudad de Hierro”, un lugar de recreación infantil ubicado en el Parque Nacional de Bogotá. La foto la hizo tomar su tía Helena Plazas Fonseca.
Cuando Helenita Plazas le mostró la fotografía a Luís Alberto y elogió la forma como Gilma Beatriz iba creciendo, él comprendió que había llegado la hora de comenzar a protegerla no solamente de los desplazados del barrio donde vivían, sino de todos los hombres que se le arrimaran, porque estaba convencido de que la buscaban para aprovecharse de su belleza.

En política, se aproximaba a Lleras Camargo a los 17 años
En 1955 aumentó la preocupación de Luís Alberto Fonseca, en el sentido de que su hija Gilma Beatriz, ahora de 17 años, fuera conquistada por algún hombre y llegara el momento en el que ella debiera abandonar el hogar. Él no estaba dispuesto a permitir que alguien se llevara a su hija mayor.
Betty, por su parte, se había convertido efectivamente en una joven bonita, alegre y atractiva, como lo muestra la fotografía captada en el Cerro de Monserrate, cuando hizo una visita a la Basílica del Señor Caído.
Durante nuestras conversaciones, al observar esta foto, Betty decía que pocos meses después, cuando comenzó a ser cortejada por amigos de trabajo, su papá Luís Alberto adoptaba la siguiente actitud:
Si el pretendiente era muy joven decía “Hay que quitarle los pañales” y si era un hombre mayor decía: “No… ¡¡¡ Cómo se va a casar con un hombre mayor… tiene que casarse con un hombre de la misma edad suya… esos son tipos borrachos !!!”.
Y mientras los conflictos aumentaban en el interior de su hogar, a mediados de 1955 Gilma Beatriz se relacionó con personas que habían creado el “Comité Liberal del Barrio La Perseverancia”. Ellos la invitaron a ingresar al Partido en representación de la juventud de ese sector de Bogotá y en desarrollo de correrías políticas por diversos sectores de la ciudad conoció a uno de los más influyentes Diputados de la Asamblea de Cundinamarca, Luís Eduardo Aldana Soto, con quien trabó una amistad tan personal, que desde el comienzo fue objeto de desconfianza por parte de Luís Alberto Fonseca.
Para demostrarle a Betty el afecto que le tenía, el diputado Aldana Soto le ofreció tres puestos: El primero como Recepcionista del Hospital de La Samaritana, el segundo en la Estación de Policía de la carrera 5ª con calle 30, ubicado a cinco cuadras de la casa y el tercero en la “Oficina de Anales del Senado”, que funcionaba en el Capitolio Nacional, donde tendría acceso permanente a la Presidencia de la República.
Betty le agradeció, pero no aceptó los puestos porque ya estaba trabajando en jornadas de medio tiempo desde 1951 –hacía 4 años–, en los Almacenes TIA, tenía que ayudar a su mamá a cuidar 6 niños pequeños y también estudiaba Diseño de Modas en la “Academia Mignone”.
Sin embargo, la verdadera razón de su negativa había sido la fuerte oposición de su papá a aceptarle ofrecimientos a Aldana Soto, porque él creía que el político estaba interesado en aprovecharse de ella.
Las fotografías que se captaron durante las reuniones políticas de Aldana Soto, y que circularon públicamente dentro del Partido Liberal de Bogotá, en las cuales Betty solo tenía ojos para mirar con notable admiración al diputado, mientras él le respondía a ella con miradas similares de cariño, aumentaban la indignación de Luís Alberto.
Al notar que el entusiasmo de Gilma Beatriz por el diputado Aldana Soto iba en aumento, Luís Alberto Fonseca decidió hacerse presente en todos los actos públicos del diputado, para interponerse entre él y Betty. Y como las reuniones políticas tenían lugar especialmente en Sábados y Domingos, Luís Alberto aparecía en todas partes con su esposa, Blanca María Navarrete Gómez, su hijo Alfredo y su sobrino Enrique Fonseca y su esposa, como se observa en la fotografía que viene a continuación.

En la gráfica aparecen, de izquierda a derecha, Enrique Fonseca Cuervo, su tío Luís Alberto Fonseca Camargo, el diputado liberal Luís Eduardo Aldana Soto, el joven Alfredo Fonseca Navarrete, Gilma Beatriz Fonseca Navarrete y la esposa de Enrique Fonseca, Alicia Roncancio.
La reunión donde se captó la foto anterior fue organizada por el “Comité Liberal del Barrio La Perseverancia”, el 15 de Julio de 1962, en el que entonces se llamaba “Club Bavaria”. El acto social coincidió con el cumpleaños de Alfredo Fonseca, quien a sus 20 años había terminado su Servicio Militar en la Armada Nacional y estaba buscando trabajo.
El ingreso de Alfredo a la Armada lo había financiado su tío Arquímedes Benjamín, para evitar que el joven siguiera el ejemplo de las malas amistades que comenzaba a frecuentar a los 17 años en el “Barrio La Perseverancia”.
Una vez más, para demostrarle a Betty el afecto que le tenía, Aldana Soto le consiguió puesto al otro día a su hermano Alfredo en la “Empresa de Licores de Cundinamarca” y poco tiempo después también le consiguió empleo a la esposa de Alfredo, María Cecilia del Socorro Sierra Diosa, en la “Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá”, ubicada en la calle 13 con carrera 36. En el mismo edificio de la antigua EEEB, hoy funcionan el “Super CADE Calle 13” y la Oficina de Movilidad de Bogotá, Distrito Capital.
Sin embargo, a pesar de estas demostraciones de amistad y afecto, el diputado Aldana Soto jamás le insinuó nada indebido a Gilma Beatriz y mucho menos trató de aprovecharse de ella, como lo comprobaron Alfredo Fonseca, su esposa Cecilia Sierra y Enrique Fonseca Cuervo. De haber ocurrido algo inapropiado, ellos tres habrían sido los primeros en denunciarlo.

El Presidente, con los amigos políticos de Beatriz Fonseca
El “Club Bavaria”, donde se reunían fervientes seguidores del Partido Liberal desde la época del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, y donde tuvo lugar el acto social que congregó al diputado Luís Eduardo Aldana Soto con los familiares de Gilma Beatriz Fonseca en la foto anterior a esta, constituyó durante mucho tiempo el epicentro de la actividad política de los habitantes del “Barrio La Perseverancia” y demuestra la importancia de los contactos a muy alto nivel que estaba forjando Betty desde los 17 años de edad.
En una de las reuniones efectuadas en el Club en 1958 aparecen, del cuarto personaje de izquierda a derecha: Homero Villamil, Presidente del Comité Liberal de “La Perseverancia” y Víctor Castellanos, miembro de la “Sociedad Mutuaria de La Perseverancia”, quien sostiene una cachucha en la mano izquierda; el Presidente de la República de Colombia, Alberto Lleras Camargo; Ernesto Baltazar –de traje gris y en actitud bastante seria–, dueño de una de las tiendas de mercado de “La Perseverancia” y el ex Teniente de la Policía y Diputado de la Asamblea de Cundinamarca, Luis Eduardo Aldana Soto.
El padre del diputado era propietario de una peluquería y la mamá era dueña de una carbonería en “La Perseverancia”. La señora falleció en 2009 y en 2014 el doctor Aldana Soto, a sus 90 años, aun recordaba su época de líder liberal en Bogotá.
De Enfermera, casi pasa a convertirse en Monja
Gilma Beatriz Fonseca demostró, desde muy joven, que había heredado la vitalidad, entusiasmo y fortaleza de sus abuelos Magdalena Gómez Garzón y Juan Nepomuceno Navarrete Gutiérrez.
Por eso, a la vez que laboraba en la “Cadena de Almacenes TIA”, aprovechó una oferta de Doña Cecilia Luque Forero –a quien había conocido durante las correrías políticas por los barrios de Bogotá–, para trabajar en sus días libres, o en fines de semana, como ayudante de los médicos Manuel Antonio Luque Peña (hermano del Padre Peña, párroco de la Iglesia de San Diego) y Álvaro Luque Forero.
Los dos médicos atendían en 1955 a los habitantes de “La Perseverancia” y otros barrios aledaños al Parque Nacional, en el denominado “Centro de Salud No. 8” de Bogotá, que 9 años antes, en 1946, funcionaba como Sala Cuna en la calle 34 con carrera 5ª, donde mi madre me dejaba en esa época a la edad de 3 años, cuando se iba a trabajar en el periódico EL ESPECTADOR.
La doctora Cecilia Luque Forero observó que Gilma Beatriz era muy eficiente al trabajar con sus parientes médicos y la recomendó como Asistente de la Bacterióloga Beatriz Almanza Triana, quien le enseñó todo lo relacionado con Enfermería, Primeros Auxilios, curaciones, extracción de sangre, manejo de centrífugas, sueros, ácidos líquidos y todo lo relacionado con la profesión. En 2014 la acompañé a hacerle una visita de cortesía a la doctora Almanza en su consultorio de la calle 56 con carrera 7ª, cerca del Almacén TIA donde 63 años antes había trabajado Betty, en Chapinero. Esa era la empresa que le había permitido comenzar a laborar en 1951, cuando era una niña de 13 años.
Entusiasmada por los avances que demostraba Gilma Beatriz durante la atención al público en los consultorios, la doctora Cecilia Luque le ofreció ayudarle a entrar a estudiar Bacteriología en la Universidad Nacional, pero esto no se concretó por diferentes motivos.
Sin embargo, también había otras personas interesadas en la eficiente Betty.
Se trataba de los Padres Jesuitas, quienes dialogaban con ella durante la atención médica que recibían en el consultorio que la doctora Almanza tenía en la calle 22 entre las carreras 15 y 16, en el “Edificio Pedro Enrique Iregui”, del “Barrio Santa Fe”. Este lugar lo recuerdo perfectamente porque Betty me pidió varias veces que la acompañara a su lugar de trabajo, en una época en la que el sector no era tan peligroso como hoy.
Y con el paso de los meses las conversaciones con los Padres Jesuitas en ese consultorio estuvieron a punto de cambiar el destino de Gilma Beatriz, cuando los sacerdotes intentaron convencerla en varias oportunidades, para que se fuera con ellos a un Convento en calidad de Monja. Ella rechazó amablemente la invitación, diciéndoles que estaba muy comprometida con su trabajo, la actividad política y la atención de sus padres y hermanos, por ser la hija mayor de la familia.
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Próxima entrega: En 1957, a los 19 años de edad, Gilma Beatriz Fonseca es designada Líder de los jóvenes que militan en el Partido Liberal de Bogotá. Al mismo tiempo, de Impulsadora de Cosméticos, se convierte en Líder de los Trabajadores de la “Cadena de Almacenes TIA”. Poco después se le postula como candidata a los Reinados de Belleza de FETRAMECOL y de la “Asociación de Trabajadores de Materiales del Cuero Haití”. A los 18 años tenía 5 pretendientes y se comprometió en matrimonio con uno de ellos, Pedro Vega, un empleado del Departamento de Cundinamarca, en la casa de su primo Enrique Fonseca Cuervo, durante un acto social organizado por el abogado y político conservador Jesús Fonseca Gutiérrez, defensor de los Cafeteros de Colombia durante las negociaciones del Acuerdo Internacional del Café en 1962, entre los países productores y consumidores, para mantener los precios del café altos y estables en el mercado mundial.

Germancito gracias por el excelente y merecido homenaje a mi madrina y por honrar la vida de cada uno de los miembros de nuestras familias. Dios te bendiga.